Assassin’s Creed IV: Black Flag – Una de Piratas

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Después de haber completado el 85 por ciento del juego, completado el mapa y haber invertido poco más de 25 horas de juego, terminé el Assassin’s Creed IV: Black Flag en la PlayStation 4. Ha sido y será el juego del verano, por lejos. Principalmente, aclaremos, por la poca disponibilidad de títulos disponible. Pero que no se malinterprete: el juego es buenísimo. Incluso, me atrevería que es el mejor título de la serie. No sólo por su ya conocida mecánica de correr libremente en escenario altamente detallados, sino también por las gran novedad que presenta el juego: los combates navales.

 

Ubisoft, el gigante francés dentro de la industria de videojuegos, se ha posicionado con varios títulos y sagas en estos últimos años, pero pocos han causado tanto impacto como la saga Assassin’s Creed. Basada en las andanzas de diversos sicarios a lo largo de la historia, el juego –básicamente estructurado en aventuras en tercera persona con mucho de plataforma, sorprendentes gráficos y variados combates cuerpo a cuerpo– han logrado que trasciendan a sus propios personajes, gracias a la ambientación que Ubisoft ha plasmado las distintas partes del juego.

 

Si antes fueron Las Cruzadas y la Era Medieval, después fue la Italia renacentista. La tercera parte se ambientó en la época de la colonia norteamericana y esta cuarta parte, también ambientada dentro de esa ventana de tiempo, se centra principalmente en las andanzas de Edward Kenway, un pirata inglés que se mueve entre islas en Jamaica, Cuba y las Bahamas y en donde se enfrenta a la influencia española y británica además de, claro, la misma competencia pirata. Todo esto en un detallado mundo abierto que puede ser explorado a gusto por el jugador, sin ningún tipo de restricción, como sí ocurría en versiones anteriores. Y por supuesto, hay looting, mucho looting, peleas entre barcos piratas y mucho más.

 

Si bien después de la mitad del juego, éste comienza a demostrar signos de repetición (misiones, cutscenes, mecánicas de juego, etc), lo anterior no evita que las ganas de alcanzar las metas propuestas por el juego hagan que uno continúe jugando. Además, hay variados “modos” de juego: está la parte tradicional, en tierra, en donde los combates están más fluidos que nunca y son un agrado. Están los antes mencionados combates navales que presentan un desafío más estratégico que nada, la flota de Kenway (mini juegos por turno), en donde sus barcos tratan de abrir rutas comerciales en el Océano Atlántico, entre otras sorpresitas. Todo esto, enmarcado en un ambiente tropical que hace que la cabeza se vaya de vacaciones por un rato.

 

Disponible para consolas de ambas generaciones, el Black Flag se erige no sólo como un portento gráfico (las vistas marítimas son realmente sublimes), sino como un excelente ejemplo de narrativa de aventuras moderno y estudiado que, incluso, hasta podría funcionar como parte de una clase de historia.

 

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